'El maestro de Tíjola que murió con Lorca'

Artículo de opinión de Francisco Javier Fernández Espinosa

I. A. Tíjola

Aparentemente, la carretera que une Víznar y Alfacar queda lejos de los confines del Almanzora, pero no hay nada que escape a la historia para que sirva de nexo en la conjunción de multitud de acontecimientos, dotándolos de sentido una vez desglosados los caprichos que siempre depara la memoria. Al hablar de ese célebre tramo, de esos kilómetros con ruido de fusiles y odio, seguro que he evocado la tristeza de los lectores al recordar que «mataron a Federico / cuando la luz asomaba».

Tal y como mencionaba en un anterior artículo dedicado a las Misiones Pedagógicas en el Almanzora, la Segunda República se distinguió por la excepcional formación ejercida a los maestros y maestras, cuyos mejores expedientes eran destinados a las zonas rurales, donde más falta hacía la escolarización y educación de sus gentes. La cultura era considerada como una atribución esencial del Estado, creándose la Institución Libre de Enseñanza bajo las influencias pedagógicas que seguían las doctrinas del francés Jules Ferry.

Dióscoro Galindo González nació en Ciguñuela (Valladolid) el ocho de diciembre de mil ochocientos setenta y siete. Se conoce la dirección de su casa natal, el número dieciséis de la Calle del Medio, pero no se sabe dónde descansan los restos de este maestro, quien cabalgando en su cojera, ejerció con entusiasmo y compromiso la labor de vencer las barreras que separaban a los humildes analfabetos de los privilegiados, que hasta entonces disfrutaban de una costosa educación que se servía del estatus social para condenar a una vida de mano de obra semiesclava a los míseros de cuna.

Tras cursar Magisterio en Valladolid, Dióscoro aprueba las oposiciones en mil novecientos siete, siendo su primer destino la escuela de Aya, en Guipúzcua. A este primer destino le siguen sucesivamente las localidades de Algete (Madrid), Caravaca (Murcia), Zuheros (Córdoba) o La Orotava (Santa Cruz de Tenerife) En la década de mil novecientos veinte recala en Tíjola (Almería) curtido ya en las experiencias anteriores, después de haberse erguido en faro de muchas almas ágrafas a las que encendió algún rayo de esperanza. Me entusiasma especialmente la posible coincidencia en el tiempo y en el espacio con el que fuera la principal figura local a nivel de intelectualidad de entonces, Lázaro Rodríguez Lozano, el Maestro Lázaro.

Se sabe que posteriormente, la biografía de nuestro maestro siguió enriqueciéndose en Pulianas (Granada), lugar que le es asignado en septiembre de mil novecientos treinta y cuatro. A pesar de ser una persona querida por el pueblo, algunos vecinos criticaban su perfil humanista y demasiado cercano a los agricultores a la vez que distante de las prácticas religiosas. Comenzó a gestarse su desgracia tras obtener la enemistad del Secretario del Ayuntamiento, D. Eduardo Barreras. La inestabilidad política y social hicieron el resto para que Dióscoro fuese señalado tras la sublevación de Granada en el treinta y seis. No perdió la oportunidad el rencoroso Secretario para realizar sobre él una denuncia, entre otros cargos, por dudar de la existencia de Dios.

La última vez que vieron al maestro cabalgando en su cojera fue en el edificio denominado La Colonia, que era una antigua residencia de Víznar, utilizada entonces como cárcel. Dióscoro iba esposado a Federico García Lorca cuando la madrugada del dieciséis al diecisiete de agosto de mil

novecientos treinta y seis fue subido a un coche junto a dos banderilleros que mirarían a los ojos de la muerte por última vez. El capitán José María Nestares encomendó el fusilamiento al cabo Mariano Ajenjo Moreno, al pistolero Antonio Benavides Benavides, a Salvador Varo Leyva, a Juan Jiménez Cascales, a Fernando Correa Carrasco y a Antonio Hernández Martín.

Hace apenas unos días, el Tribunal Constitucional rechazó el recurso presentado por la nieta de Dióscoro Galindo González, para localizar la tumba de su abuelo. Nieves Galindo ha anunciado que agotará hasta el último suspiro acudiendo al Tribunal Europeo de Derechos Humanos. El maestro que en Tíjola enseñaba los versos del Romancero Gitano murió unido por unas esposas a uno de los grandes genios del siglo veinte. El maestro cojo y el poeta atormentado murieron de pie junto a un olivo al pie de la Sierra de Alfacar. Unos días después le abrieron un expediente en el que quedaba suspendido de empleo y sueldo. La historia sólo cuenta lo acaecido, sin ningún tipo de ideología

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